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La escalada ya es olímpica... y España sin paredes


Javier Cano, en un entrenamiento de escalada. FEDME

«Es como si en toda España hubiera una única pista de atletismo y sólo midiera 50 metros», denuncia Javi Cano. «Nos partimos el alma intentándolo, pero es muy difícil competir con estos medios», revela Eric López. Escaladores ambos desde la adolescencia, jóvenes ambos de 25 años, con sus dedos musculados, anchos, callosos, deben sostener sus cuerpos, unos 60 kilos de equilibrios imposibles, y también la tradición española de su deporte, más de dos décadas de historia.


El Comité Olímpico Internacional (COI) decidió a principios de agosto incluir la escalada en su programa a partir de los Juegos de Tokio 2020 y, con la modificación impuesta para ello, les ofreció, al mismo tiempo, una oportunidad y una responsabilidad. «Hasta ahora, el deporte se dividía en tres modalidades, dificultad, bloque y velocidad, y sólo había grandes especialistas; en la competición olímpica se hará una única clasificación, una media, y eso nos permite entrar a los polivalentes, aunque en nuestro país es imposible trabajar la velocidad», explica Cano y con esa contundencia, ese «imposible», reitera sus lamentos iniciales.


Aunque la Federación Española (FEDME) tiene registradas unas 200 salas entre múltiples ciudades, sólo una, Climbat La Foixarda de Barcelona, cuenta con una pared para practicar la velocidad. Y ésta sólo se levanta 10 metros cuando lo reglamentario son 15. Y ésta se habilitó hace sólo un mes, justo después del anuncio del COI. «Yo nunca he entrenado en una pared de velocidad de verdad y eso se nota en competición, aunque, bueno, al final intentas sacar el orgullo, te picas y lo das todo», asume López y razón tiene. El pasado mes acabó el Mundial de París en décimo puesto de la general, mientras Cano finalizaba decimotercero; todavía lejos de las medallas, sí, pero dentro ambos de los 20 puestos que, en caso de mantenerse en 2019, les darían billete para Japón.

Hablan los dos de sus inicios, del Parque de Bomberos 8 de Vallecas, donde López aprendió de su padre, de las montañas del Valle del Jerte donde Cano practicó junto a su hermano; hablan los dos de su situación actual, el primero en el paro y el segundo tirando adelante la sala Cereza Wall en Palencia... y entre narraciones de viajes por Europa y Estados Unidos en busca de muros cada más inabordables completan dos biografías paradigmáticas.


«La mayoría de escaladores españoles disfrutan en roca, al aire libre, con el buen tiempo, y en invierno, utilizan los rocódromos para entrenar. Eso hace que hayamos tenido campeones del mundo en dificultad [Ramón Julián en 2007 y 2011, Patxi Usobiaga en 2009] y buenos competidores en bloque, modalidades más naturales, pero casi ninguna tradición en velocidad», explica Lluís Giner, director técnico de la Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada (FEDME), que también recurre a un símil atlético para hablar de la adaptación olímpica: «La clasificación general que ha montado el COI es como si se hiciera una media entre los 100 metros, el maratón y el salto de pértiga».


Pese al lamento, Lluís Giner ya piensa en el futuro: «Tenemos en marcha un plan de detención de talento, esperamos poder utilizar pronto el CAR de Madrid y entrar en el Plan ADO y, en cuanto a instalaciones, lo tenemos todo preparado. Nuestro plan es construir tres paredes de velocidad en los próximos cuatro años, antes de Tokio 2020, pero necesitamos mucha ayuda de las instituciones: es caro, cada pared cuesta algo más de 150.000 euros, en total, medio millón de euros».



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